viernes, febrero 24, 2006

Admito que no sirve de nada

Admito que no me gusta el amarillo
y que prefiero la derecha a la izquierda.
Que hay lunas en mí
más fuertes que todas estas columnas

Admito que soy mujer por insistencia;
alguna vez quise llevar los pantalones
pero me quedó grande la bragueta
y pésimo el uniforme.

Me cansé de las muñecas.
Entonces pretendí a construir senderos,
a destruir edificios
a comer el fruto de los huertos
a sembrar mi propio trigo.

Admito que estuve ausente
cuando mi género necesitó de manos.
Que me dediqué a descifrar
la inoperancia de los besos
y la ineficiencia de unas manos vacías.

Admito que fui hombre
antes que mujer.
Admito que fui mujer
antes que persona

Admito que he descubierto
mi rebeldía
como una sonrisita barata
de inocente chiquilla.

viernes, febrero 17, 2006

Estado egoísta del ser

Usted puede pensar
lo que quiera,
igual me vale poco
el pensamiento optimista
de un desfigurado inventor
de ironías.

A mí me basta con la economía
-de la cual no entiendo nada-
para sentirme egoísta
y tratar de comer.
Por eso huyo de su cara.

No piense que usted
es importante en mi vida,
¡ja!
brincos diera su incapacidad
humana de sentir

Usted lo sabe…
soy una estatua de arena,
cuando entro no salgo
cuando salgo no vuelvo
y el viento me asesina,
¿entiende?

Suelo pensar en usted a menudo.
Sí, pero eso no significa
que dejo el trabajo
o que vuelvo feliz a casa.
Me quedo mirando las vitrinas
Para retrasar el minuto
y la ciudad es la misma
corrupta, vendida
violada,
ingenuamente desnuda.

Usted puede pensar
que soy pesimista.
Créame,
en tiempos de muerte,
de pérdidas,
de ausencia,
de un silencio abismal,
caen más que lágrimas
sobre mis zapatos.

Sepa usted que hay
algo más que ansiedad
dentro de mi vientre,
algo más que ganas
entre mis dedos…

Piense lo que quiera,
ríase,
total, él ya está muerto
y cada día extrañándolo
es inmensa mi agonía.

viernes, febrero 10, 2006

Tu libro.




"A la memoria de Gustavo Malomo, con todo mi amor."



Vos leíste mi libro y tu “Burbujita” no se hizo famosa. Jamás se vendieron mis libros y mis poemas no dieron la vuelta al mundo, como tanto esperabas. Gané pocos premios gracias a concursos ocasionales y de dudosa organización.

Seguí trabajando y crecí… mis superpoderes, mis dotes de heroína y mi capacidad de asombro se fueron desgastando.

Sólo una felicidad la mía, conocí a mis hermanas y a mi silencioso padrino cuando por fin pudimos reunirnos todos en Argentina. Me hablaron de las pupusas salvadoreñas, de política venezolana y de los desolados pingüinos argentinos.

Y recordamos tu nombre. Les conté que mi primer amor se llamaba Gustavo y que jamás se dignó a mirarme. Luego vino el silencio…

Sebastián sujetaba un deteriorado libro de Borges y decidió leernos “La Casa de Asterión” mientras las chicas y yo tomábamos café. Pensamos en la soledad del Minotauro y acordamos que no se parecía en nada a vos. Vos nunca desgarraste las paredes, ni ansiaste un final, jamás estuviste solo. Y no fue si no hablar de vos toda la noche.

Luego, casi al final de la velada, saqué mi libro pues, orgullosa, quería mostrarles la portada. Aquella que hiciste para mí ese 17 de enero en que me diste el éxito que aún desconocía. Los poemas no importaban porque estaban en blanco, completamente vacíos…

Vos leíste mi libro y nadie lo leyó porque no era mío, era tuyo. Fue tuyo desde el principio; jamás hubo algo escrito por mí y tu “Burbujita” supo que te habías ido. Te llevaste cada poema en mi garganta, en mi sangre, en mi pluma. Y luego de estos años sin vos, aún guardo tu recuerdo entre mis manos…