martes, diciembre 25, 2007

Diferente

Navidad 2007.

Los días lejanos me parecían eternos cuando realmente fueron efímeros. El hoy es lo que tengo/tenemos y no se puede vivir más que en función de eso. Ayer quería todo con la rapidez volátil de las aves, ahora ansío el paso lento de las horas para tenerte más tiempo entre mis brazos.

Gracias. En todo momento, por todos los momentos, en este instante, porque es hoy que debo decirlo. Mañana es una simple suposición, nada más que eso. Hoy es imperante porque es lo único que me queda después de ti, de esta noche especial que jamás había sentido especial. Sueños rotos, lagrimeos necesario o inútiles, pero lagrimeos que sonaban a queja barata porque no tenía, porque no estaba, porque no podía, porque todas las muecas mudas del mundo se resumían sobre un teclado y nada más que hastío. Pobre de mí.

Ya no quiero tener más hastío, ni miedo,ni desesperanza. No hay caso cuando estás a la puerta de algo grande, de ti, de la sensación de vivir constantemente algo que "difiere" de todo lo demás. Sí, diferente, pero igualmente único y viviencial.

Estoy viva y por primera vez en años, soy mujer.

***
Feliz Navidad, mi vida.

miércoles, diciembre 19, 2007

La última de sus muertes...


Uno a veces está en el cielo y no se entera. Permanece indiferente a las pequeñeces y apático a los detalles que realmente importan hasta que una luz o una ráfaga, un punto lejano o un insecto nos sorprenden y despertamos como niños que nacen e intentan ver a pesar de las luces incandescentes.

Como niños, eso mismo, debemos descubrir el mundo o los mundos desconocidos, los paralelos, los lejanos o disolutos en algún rincón ocultísimo del planeta y lograr entonces una sensación de bienestar indescriptible o al menos invaluable. Eso es vida.

Aunque uno se muera, lo importante es no olvidarse de nada. Es decir, retenerlo todo, aprisionarlo por más ínfimo que parezca, por más vacío que haya. Todo, incluso la nada, tiene una significación, siquiera una palabra de cuatro letras: Algo/nada. Nada/algo. Y entonces el aire, el hambre y el amor tienen sentido después de todo.

Sorprenderse es amarse nuevamente, descubrir en uno el maravilloso secreto de que algo nuevo o viejo existe para enriquecernos hasta que el yo niño se dé cuenta de que lo ha visto todo (al menos lo esencial) y pueda envolverse nuevamente en feto para recibir a la última de sus muertes en este mundo.

viernes, diciembre 14, 2007

El lugar más hermoso para morir...



...es el lugar que uno ama, donde uno se descubre hombre o mujer sin necesidad inmediata de llorar. Es la tierra desconocida de los corazones, que solitarios buscan hasta encontrar arenas o bosques, quizás hogares que huelen a café o ternura.

Alguna estancia cerrada, algún paisaje inmenso en medio de la nada; algún rincón perdido en el planeta donde puedas alimentar tu vida hasta que la eternidad y el infinito se fundan en tus ojos y logres alcanzar todos aquellos "¿por qué?" sin respuesta.

Es la piel de otro, el labio, la mirada, su olor.

Así, simplemente no puede haber algo en el mundo capaz de superar a la muerte.

L_M

martes, diciembre 11, 2007

Reconozco la hora
del día
en que mueres.

Luego del adiós
yaces,
hasta el amanecer.

miércoles, diciembre 05, 2007

el dedo



El alcohol había hecho de las suyas, mi esposa y yo tomamos más de lo debido y al llegar a casa empecé a sentirme bastante mal. Ella no, estaba ansiosa por terminar la noche saciando alguna de sus locas fantasías. No estaba muy dispuesto, pero nos desnudamos. En medio de todo pensé en detenerme e irme al hospital, pero Luisa no me daba tregua, hasta que definitivamente no pude más. Me levanté como una bestia que sólo puede seguir su instinto y llegué nauseando hasta el baño. Todo mi asqueroso interior había quedado como rastro, entre otras cosas, sobre el sostén rojo de Luisa, la alfombra fina del cuarto y el cordón negrísimo de mi zapato izquierdo.

Por unos minutos no escuché nada más que mis propios arcazos y así, desnudo, de rodillas, con mi rostro casi dentro del inodoro sentí de pronto el dedo rígido y larguirucho de Luisa dentro de mi ano sudoroso. ¡Experiencia deliciosamente tortuosa, inimaginable y de una insolencia casi obtusa! Sentí la mayor explosión del mundo. Y desde esa noche, como animal humillado por el placer más oscuro, recordé de inmediato por qué jamás la había amado.