La muerte del poeta
Para los despojados de sí mismos
Hay poetas que están solos;
que desvisten a la noche
con feroces gritos
y su pluma es martillo
que aplasta las horas.
Estos poetas mueren
al terminar sus versos
Sólo beben agua
y comen pan de levadura.
Comulgan con sus propios cuerpos
sobre las oscuras cruces
de la soledad.
Ya no tienen hojas blancas
sólo un lienzo grisáceo
y absurdo...
Incitan a la anarquía
entre una lágrima y otra.
A veces no saben qué hacer
con su garganta diminuta
porque en ella se atoran
tantos puntos... y tantas comas...
Olvidaron la sonoridad
de una sonrisa
y dejaron de medir las letras
para gastar el tiempo en locuras.
Esos poetas ahora
no pueden dormir
sin añorar a esos seres distantes
que tanto han querido.
No pueden comer porque el estómago
tiene anorexia de deseos.
No pueden soñar la ilusión de un abrazo
desnudo
porque su amante, poesía celosa,
los amenaza con la tortura.
Hay poetas que lloran
como niños hambrientos
sin que nadie acuda
y su labor de hambre,
odio y desventura
les deja el infortunio
de un libro publicado
sobre el escritorio
de alguna habitación vacía.
Hay poetas, pobres,
que mueren sin poesía.

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