viernes, abril 09, 2010

La canción del trovador


Quizás todo tiene que ver con mi padre o con aquel joven cantante. Lo vi una tarde de abril; salía del colegio con mis amigas, todas llevábamos aquel peinado de cola y medias blancas. Nos burlamos de él, lo recuerdo bien porque nos miró con reproche cuando hicimos las bromas. Estaba interpretando canciones revolucionarias que no entendía, notitas que no me importaban, pero era atractivo. Mucho después entendí que entre sus dedos tenía las cuerdas asesinas de la mordaza.

Pero no era con canciones como íbamos a salvar el mundo.

Tuve de todo: educación privilegiada, amigas de apellidos complicados, muñecas con sexo y discos de Rock and Roll. Tuve una madre buena, un padre responsable, una linda casa. Pero yo siempre quería más, incluso perderlo todo.

Eso hice.

Despreocupada de la vida, de los compromisos y de las normas me enamoré del joven trovador. El destino tiene formas curiosas de enviarte a la muerte. El amor es sólo un camino, el más buscado de todos.

Las horas más felices de mi vida entre panfletos, amuletos rojos, discursos que me aprendí, transcurrieron tan rápido que apenas logro reconstruirme entre tantas voces asesinadas.

El ímpetu de la juventud y la pasión, me enseñaron más que cualquier academicismo. Las miradas de reproche de mi padre y las discusiones cada vez más fuertes terminaron por hacerme desaparecer entre lo que tanto conocí. Ni familia, ni credo, ni ley. Fue el mundo para mí, un padecer de recriminaciones por lo que decidí.
Fui la hija rebelde, la malagradecida. Vocera del diablo, de la perdición. Una no puede ir por la vida cargando el odio de su padre, ni el de su país. Nuestras ideas del mundo se bifurcaron con dolorosa precisión.

Así fue todo. Después del exilio conocí lo irreconocible. Soñé muchas veces con el dolor de algún grito, con el bang de las armas o de hambre…. Y siempre oía alguna canción de amor guerrero, porque a falta de lo imprescindible, incluso de libertad, sólo queda refugiarse en el amor.

Volví muchos años después al recuerdo de mis horas más queridas. Horas que dolían adormecidas y ensangrentadas. Todavía percibo ese olor a quemado, imagino el delirio de la asfixia, el adormecimiento de mis pómulos. Alguna sentencia debe tener mi condena, ya son muchos años los que llevo cargando el temblor de mis manos, los ojos del muerto. Tantas veces sin poder volver a sus brazos llevados al castigo y a la humillación. No pude hacer nada. Y a pesar de todo, antes de ese instante, fui feliz.

La muerte del trovador insiste en perseguirme a través de los años. Intenta devolverme un poco de lo que perdí. Aún desconozco cómo no he podido matarme. Igualmente esto ya es historia. Libros y libros de historia que nadie lee y de los cuales ni se pregunta.

Me consuela saber que de algún modo, algún día al menos, sólo seré el nombre de esta canción.





"Yolanda"-- de Pablo Milanés

2 comentarios:

wílliam venegas dijo...

Puuuuuññaa. ¡Fuerza expresiva!, donde las frases son eco de las emociones: "El destino tiene formas curiosas de enviarte a la muerte", incluso con el amor, dices. "Hay golpes en la vida", decía el poeta, ¿recuerdas?, y eso siento en tu texto, ¿texto?, ¡es contagio de vida!, como esos Heraldos Negros de César Vallejo. Mira, no más, a quién me recuerdas, ¡casi nada!

xwoman dijo...

Señor Venegas, es ud muy generoso. Muchas gracias por pasar y por su comentario tan bonito.

Un saludo y mil gracias!