lunes, abril 30, 2007

MENAGE A TROIS*


Segunda parte

Pude ver que entraste por la ventana esta mañana. Me dije, ¡de nuevo perdió las llaves! Pero te vi así, añeja, te faltaba una media. El hombro descubierto, el cabello desordenado: no habías pasado la noche en casa. Miré entonces la cama y me sorprendió ver otro cuerpo a mi lado. Cerré los ojos y maldije en voz baja. Los abrí de nuevo.


Pensé que estaba loco, "otra vez las estúpidas pastillas". Tuve una leve esperanza de que ese cuerpo fuera parte de mi desgraciada imaginación. Quería pensar que eras tú la de la ventana y que la mujer en mi cama era el erótico despertar de un solitario.


Pero no. Pasé mi mano por ese cuerpo y sentí la rugosidad de una piel batallada. Escuché entonces tu voz desde la ventana.


- Querido, ¡hay que comprar leche! Por Dios... lo había olvidado por completo.


Supe que el tratamiento me estaba volviendo más loco de lo que estaba. Una mujerzuela era mi esposa y en mi mente, de nuevo esa dama ardiente que no cesaba de apoderarse de mis sábanas. ¡Pero recordé entonces que no estaba haciendo ningún tratamiento! Y de nuevo la voz desde la ventana, pero ahora más cerca, diciendo, “amor, la basura sigue en la cocina.”


¡Dios! Definitivamente estaba loco.


Sin embargo le respondí: – No querida, la basura sigue en la cama. Así me di cuenta de quién realmente tenía que estar a mi lado. Me puse de pie y sin mirar lo que dejaba, me acerqué hacia la ventana, la abrí, te vi allí abajo, esperándome con los brazos abiertos, y me lancé en pos de tu recuerdo.


Tercera parte

Me levanté de la cama después de una noche lujuriosa. Creí sentir su mano en mi espalda, pero miré su lugar y estaba vacío. Las cortinas de la ventana abierta ondulaban por el viento. El frío estremeció mis ideas. No quise asomarme a la ventana para cerrarla. Tuve pánico. Fui al baño, vi mi seno morado reflejado en el espejo. Pensé que nuestra noche anterior había sido algo violenta. Y sin censurar mis pensamientos, deseé su muerte. Ya estaba harta de tener que soportar sus golpes a cambio de sexo.


Entonces, por fin me decidí corroborarlo. A paso lento me acerqué a la ventana. Estaba ahí, estúpido patán. Sus piernas en desorden Su cabeza mojada. Lo venció la locura y un charco de sangre enlutó mi alegría. Casi con una sonrisa, me acerqué al armario y te abrí la puerta. Estabas sin ropa, con los ojos cerrados, casi como un ángel. Te desperté. Me miraste con sorpresa. Yo te asentí con la cabeza. Sonreíste. Todo terminó, te dije, y de la mano te guié hasta la cama. Nos acostamos y entre besos, fuimos quitando esa ventana de la pared.


Primera parte

Llegué hasta la puerta y cuando busqué la llave en el bolsillo no la encontré. Miré por el orificio y observé luz. Acerqué la oreja a la madera y escuché tu gemido. ¡Maldito! pensé. Yo que venía así, sin ganas de hablar de pensar, tuve que tragarme mi cansancio y contener el odio repentino. Sabía que estaba contigo, dentro y fuera de ti.


Bajé a la calle y di la vuelta. Me trepé por la enrejada y subí hasta el segundo piso. Me asomé por la ventana. Descubrí su cuerpo abusando de ti. Su rostro exacerbado por la excitación. Me dio asco. Pero me contuve. Y aguardé a que sus últimas energías se consumieran. Cuando ya los jadeos quedaron olvidados, abrí la ventana y entré en silencio. Me acerqué a la cama lo suficiente como para ver los dos cuerpos agotados y dormidos. No sentí angustia, ni amargura ni desprecio. Ni siquiera ese nudo en el estómago. Simplemente te vi y supe que te deseaba demasiado, a pesar de tus elecciones. Di media vuelta y retrocedí unos pasos. Me detuve frente al armario. Abrí la puerta, me quité la ropa y me escondí adentro. La cerré y aguardé que vinieras a buscarme.



*El texto más loco, desordenado o "surrealista" de mi vida. Ni yo misma lo entiendo.
;p

domingo, abril 29, 2007

Hoy quiero decirte algo...

"El tiempo hay que saber usarlo y atrapar de él lo mejor que se pueda, mientras lo vencemos."

viernes, abril 27, 2007

Y sin embargo te quiero...

...porque hay días que uno está más "mamón" que nunca

Debo decir que la introducción en la voz de Olga Román, es realmente espectacular.

domingo, abril 22, 2007

Y en Buenos Aires fuimos muy felices


Para Sorias, mi amigo.


Lo conocí en el aeropuerto. La escala fue en Perú. Me pareció un hombre dulce y sincero. Me gustaron sus manos. Eran muy blancas, suaves, un poco velludas…en realidad poco atractivas para mi gusto, pero las suyas me parecieron excitantemente diferentes.


Me invitó a una copa de vino. No puede negarme aún cuando jamás tomé vino. Dejé que eligiera. No sé nada de vinos pero ese me gustó, tenía un dulce amargo que me desinhibió al instante. Una sola copa y eso bastó. Sin darme cuenta nos estábamos besando.


Sí, fue magia. Eso sentí, una magia interna; un desborde de mí, una necesidad de él.


Nos despedimos esa misma noche. Yo continuaba mi viaje hacia Chile y él salía muy temprano para Buenos Aires. Pensé en cambiar mi destino, pero no haría eso por ningún hombre. Un año más tarde nos reencontramos en El Salvador. Yo visitaba a una amiga y él cubría una noticia internacional más.


Lo admiraba. Así era. Me gustaba verlo tan seguro, tan cabal, tan frío y despreocupado ante la cámara. Pero me parecía otra persona al verlo frente a mí: indefenso, nervioso, algo torpe, pero siempre decidido. Conversaba mucho. En San Salvador me propuso matrimonio. Me asusté. Mi libertad estaba siendo amenazada, pero ¿cómo resistirme a esos ojos? No pude. Nunca había cedido tan fácilmente a unos ojos. Ni siquiera esos ojos verdes de mi pasado pudieron romper tales barreras culturales, geográficas, ideológicas.


Era ateo y yo creía en Dios. Era ordenado y yo descuidada. Era vegetariano, yo comía carne de cerdo. Era deportista. Nunca fui a un gimnasio. Y así nos amamos, no importó nada más.


En mi país no pudimos vivir. La sociedad “recatada” y la falta de asideros culturales terminaron por exiliarnos. En Bueno Aires logramos la felicidad que ansiábamos. Sebastián se reía de mí. Yo me creía cosmopolita y él un simple periodista de cuarta en una ciudad que siempre fue suya y que nunca pudo ser mía, tan sólo porque ella no quiso.


No encajé. Pero sí que me divertí, aprendí y gocé. Parecía que al ir de compras o a un restaurante todos supieran que era centroamericana. Poco me importaba porque Sebastián me hacía sentir segura, me amaba tan profundamente que aún no creo que otra persona lo haya hecho tanto como él.


Nuestra vida era perfecta. Pero algo faltaba. Nuestros corazones se conocían lo suficiente como para saber que estábamos incompletos. No. No era un hijo. Los hijos me parecían ilusiones fugaces. Anhelos perdidos en mis ovarios desérticos. Por suerte, para él no era importante tenerlos.


Sebastián dejó el noticiero y se dedicó a trabajar para la prensa escrita. Le ofrecieron un editorial, pero lo rechazó. No buscaba protagonismo. Añoraba una vida tranquila, estabilidad y aquel deseo…


Nuestra primera víctima cayó fácilmente. Era una chica muy joven, casi una niña diría yo. La odié desde el principio. Sobre todo porque fui yo quien la sugirió como primera víctima. A él le encantó la idea. La odié más por eso. Sí, sentí celos. Era hermosa, con unas mejillas apretadas y rosadas como algodón de azúcar.


Estudiamos bien sus pasos. Teníamos tiempo. Yo llevaba meses sin trabajo y Sebastián escribía por las noches.


Ella era hija de un comerciante de la zona. Cuando la atrapamos llevaba su uniforme de colegio. Aquella faldita a cuadros, el abriguito sobre los hombros y las medias largas y excesivamente pulcras. Era una inocente. Y la odié más y más y más. Por eso fui la primera y bueno, porque Sebastián no pudo. Se quedó paralizado viéndola, no sé si en si mirada había temor o deseo. No quise averiguarlo. Así que le corté el cuello de inmediato. Fue fácil. Luego, Sebastián me hizo el amor. Parecía un loco. Y la odié más porque sentía que estaba pensando en ella. Maldita.


El apremio nos alcanzó y llegó la segunda. Era pobre. Una desprotegida que daba lástima. Deambulaba por las calles oscuras de la cuidad, sin rumbo. Vendiéndose por un poco de droga se le iba la vida y la dignidad. Era triste. Sí. Sebastián pensó que asesinarla fue lo mejor que pudimos hacer por ella. Y no la odié. Me sentía superior a ella. Siempre fui engreída, muy en el fondo lo era. Pero Sebastián no lo sabía. Él sólo veía lo bello en mí.


Y hubo una tercera. Iba a sus clases de confirma todos los viernes por la tarde. Me gustaba el viernes. Luego de analizarla, él y yo nos íbamos a un hotel cercano. Tomábamos vino, de ese que probamos la primera ver que nos vimos.


-No quiero matarla.

-¿Por qué no?

-Porque quiero que bebamos vino toda la vida- le decía.


Pero la asesinamos, igual que a las otras dos: la degollamos como a un cerdito indefenso y chillón. Tampoco la odié. Sebastián pensó bien las cosas y por eso no la llevamos al basurero. No. La dejamos fuera de la ciudad, cerca de Zárate.


Así continuamos por mucho tiempo. Asesinamos 10 chicas. Parecía un record. No parecían notarlas mucho en las noticias porque la mayoría eran mujeres sin importancia, indigentes o callejeras.


Yo pensé en un hombre. Pero Sebastián nunca quiso. Así que tuve que hacerlo yo sola. O al menos eso pensé. Flirtee con él en un pequeño restaurante. Muy cerca de casa. Ponía cualquier excusa para salir y me resultó fácil obtener lo que quería. Era un joven atractivo. Me dijo que estudiaba filosofía y letras. Usaba lentes y tenía unas manos poderosas. Pero no era como Sebastián. Era muy inocente y aunque manifestaba más seguridad en sus formas, no se comparaba con la varonil figura de mi esposo.


Jamás pensé en una traición. Sólo quería sentir el placer de asesinarlo. ¿Era tan difícil de entender? Lo cité en un hotel. Entró a la habitación y el estúpido cometió el primer error: tomó de la copa que le ofrecí. Cuando lo sentí somnoliento lo recosté en la cama. Y sí, lo admito, sentí tentación. Abrí su camisa y desabroché su cinturón. Pero nada más. Juro que no hice nada más. Sí, sí, quería saborear el deseo malsano del placer físico pero mi amor por Sebastián era más fuerte.


Mantuve la compostura. Subí mi incómoda falda y me coloqué sobre él. Justo antes de usar mi arma entró Sebastián. Estaba como un toro. Parecía haberse transformado en un monstruo. Al verme sobre el chico corrió hacia mí y me tomó del brazo. Traté de preguntarle cómo, cómo era que estaba ahí, cómo…pero me golpeó.


-Eres una hija de puta…

Traté de explicarle, traté de decirle…

-¡Traidora!


Pero no escuchaba, me golpeó muy fuerte. Quise liberarme pero no pude. El chico parecía verlo todo, pero estaba muy aturdido. Sebastián lo vio y vio el cuchillo que había dejado junto a él. Me lanzó contra la puerta. Al caer pude oír voces que se acercaban por la escalera. Cerré los ojos tan solo unos segundos y vi a Sebastián asesinándolo. Luego lo vi moverse hacia mí. Sentí mucho miedo. Y recordé a la primera chica. La odié más porque ahora me sentía como ella.


Me defendí y pedí auxilio. Pero las voces seguían lejanas. Forcejeamos y me cortó muy cerca del ombligo. Supliqué misericordia, pero Sebastián no me escuchaba. Se regía sólo por instinto. Me seguía cortando hasta que lo golpee. Por fin pude liberarme y le arrebaté el cuchillo. Le supliqué que se alejara, que me creyera, que me perdonara, pero en un instante apenas perceptible se abalanzó furioso contra mí y extendí la mano con el cuchillo. Al fin las voces llegaron, pero ya era demasiado tarde…


No pude asistir a su funeral. Lloré. Lloré mucho. Nadie nunca supo lo que hicimos. Nadie lo sabrá, excepto usted pero sólo porque no puede revelarlo. Y aunque no tenga perdón, debo suavizar esta tortura de no tener su dulzura y ni sus manos.


Ahora no me duelen más las heridas. Ahora me duelen sólo su ausencia y la maldita culpa. ¿Ya puedo morir?



jueves, abril 19, 2007

Me estorba

Me estorba la rutina
tiene patitas de gallo
y cuitas olorosas
a una mierda humana
Las cosas me estorban
y no sé dónde colocarlas
Estaba todo acomodado
y ya no tengo escondite
para mis besos
Nos miran.
¿Sabe?
A veces me importa poco
la evidencia-
-luz-
-mirada-
aunque me incomoden los dedos
los mismos que señalan
almas
orgasmos
o canciones
porque dedos son
y así tan cortos
se pudren
se los comen las miserias
y los gusanos
entre la muerte y
la ausencia de oxígeno.
Me calienta la falsa
alarma de un beso
el despilfarro
de tiempo, de las palabras
…también tu cuerpo.
Me desgasta no decírselo
a la cocinera
al jefe
y al Estado.
Me encabrona
decir "te quiero"
y que otros sientan
la pena que no siento
que experimenten el
asco
y la rabia de espuma blanca
o el vómito deprimido de los energúmenos.
Me molesta todo,
absolutamente todo
excepto lo que quiero.

miércoles, abril 18, 2007

Miedos atroces


Tenemos miedos atroces
y sexos perdidos
en medio de la luna.
Nos creemos amantes perfectos
Estrellas ardientes
en sangres ajenas
Lobos siniestros
ansiosos de labios bestiales
ardientes lluvias
de lava infinita.


Pero olvidamos el eje
incesante del sentimiento,
el abrazo fugitivo,
la palabra muda
de una mirada verde
o el sosiego de unos brazos
eternamente tibios.

Olvidamos la boca en su completa hermosura
y la hacemos puta de nuestros instintos.
Ansiamos rasgar las paredes
y olvidamos el sabor de la lengua
justo entre los dientes y la luna.

Somos amantes del sexo perdido
y desterramos al amor
como si fuera un vil delincuente.

lunes, abril 16, 2007

Qué hora es



Qué hora es?
Te pregunto
y recordamos que Sabines
era un viejo sabiondo y fumador.
Sabemos que las palabras simples
pueden decirse en frases complicadas
y que los verdaderos enigmas del alma
sólo los trae el silencio.


Qué hora es?
Y vos ya sabes la hora que es
y reconoces que decir "también yo"
es afirmación de tiempo,
espacio y completa estancia.


Sabemos que la vida nos traiciona
que las palabras pueden tornarse
abismales muertes
que el tiempo aniquila
y la distancia nos llora
pero mientras unos comen carne
o navegan,
escupen su odio
o se estorban en las aceras,
se comen las uñas
o se masturban entre llovizna
vos y yo sabemos
--como dioses--,
qué hora es.


sábado, abril 14, 2007

A veces

A veces uno quiere escribir algo muy triste pero no puede, a veces uno quiere entrar a un cuarto oscuro y no volver a salir, jamás, no ver luz, sólo negritud por todas las partes, hasta en las posibles fisuras...las del alma, pero no puede.

Hace unos días hablada del pobre negro (recordemos a MAX JIMÉNEZ) sobre un banco, llorando su vida negra, sin más consuelo que su soledad angustiante. Y hoy, apenas unos días después casi puedo sentirme como él. Lo he subestimado, cuánto lo siento.

Sentarse sobre el culo? No, eso no. Puede que hoy, ayer, no hayan sido "buenos" días, puede que ni siquiera amanezca respirando y aunque les aseguro que ya puedo morir tranquila, aún no es momento de rendirme.

En la calma que inunda este momento, quisiera estar muy muy triste, pero no puedo, simplemente porque... sólo estoy triste. Mala cosa. Y es que si uno escribe de melancolías y esas "mamonadas" (disculpa que te robara la palabra, imozo) pues teme caer en las frases sentimentaloides, en las majaderías y "aguevamientos" malsanos que no ayudan en nada. Hoy, como aquel hombre negro, me siento sumamente azul (hola, hombre azul!)

La verdad es que quisiera un dolor agudo para saber qué es realmente lo que me aqueja...qué me hace perder la calma y venirme a escribir esto un sábado por la noche (no se angustien, todavía tengo vida social, jajaja) No me sobra con sentir, yo tengo que saber. Es mi desastrosa forma de ser queridos Zonados, es así. Todo lejos, ustedes lejos, vos lejos y yo acá con otras gentes que a veces me entienden menos. Sin embargo, escribir esto me está ayudando a entenderme un poco, no todo está perdido, no todo es malagradecimiento...

...yo creo que hoy estaría más que feliz si pudiera tan sólo ver una película... contigo.

Abrazos
L_M

jueves, abril 12, 2007

En dónde


¿Mujer en el pezón,
en la palabra o en la mente?
No entiendo por qué no podemos
ser un solo cuerpo
o una sola carne
o un solo deseo
No entiendo en dónde queda mi proyecto
Mi saliva que gemía
o la protesta de hace una noche.
Mujer en la cocina
Mujer en el oficio
Mujer - mujer encima
Por debajo, acurrucada
Con pantalones
Con deudas
Desvestida
Con la luna en cuarto menguante...
Deshabitada.

domingo, abril 08, 2007

Contraste

Estaba pensando en un artículo para la columna en la ZONADA, ésa misma que a veces tengo tan despeinadita y abandonada. Y bueno, no sé, pensé en alguna cosita técnica, pero qué aburrido, en un comentario textual pero qué pereza, algo mítico, pero eso lo buscamos en google... en fin... nada que hacer. Sin embargo, buscando por ahí entre mis cositas, me encontré con un poemita del ya fallecido Max Jiménez (costarricense), quien con su poética y pintura logró lavarle la cara al mundo tico con pinceladas de vanguardia. De tal forma, en Gleba, aparece este poema que particularmente me produce un hilito fuerte de nostalgia...


En un banco público,
bajo un farol claro,
está el pobre negro,
vendada la cara
con un paño blanco.
Bajo el farol claro
muy triste está el negro
pensando en lo triste
de su vida negra

Seré yo, pero entre las cosas más tristes que imagino está este hombre negro, golpeado y sufriendo "lo triste de su vida negra" Sobra mencionar la carga negativa del color negro en la cultura occidental y la figura del marginado, doblemente discriminado, golpeado, solo.

Cuántas veces no nos hemos sentido tan tristes como un negro solitario y herido bajo un farolito muy muy claro, bajo una lucecilla que parece cantar alegre mientras nosotros no paramos de llorar lágrimas, cansancio, deseos, muerte, rutina...? Contraste...

Los seres humanos a veces somos víctimas del espacio o del ambiente que arremete y margina, peor aún, somos víctimas de nuestras propias oscuridades, de las negritudes que nos abundan en las venas y en cualquier partecita que se nos pegue la gana. Esa negritud golpeada, esa negritud que no soporta su propia vida, no permite al hombre ver la luz, ver las posibilidades y empezar a vivir.

Ese negro no dejará de ser negro, no. No dejará su YO como quien olvida un número telefónico, el negro seguirá siéndolo hasta la muerte, pero sólo él decide cómo vivir su negritud; de tal forma, puede dejar de ser un negro triste y convertirse uno que vive y no se sienta a esperar sobre su culo.

Un beso, mis estimados zonados.
La Marce.


lunes, abril 02, 2007

El Pervertido


Para Santiago Repetto.

La primera vez que oyó su voz pensó que había sido un error. Imaginó que se trataba de un amante llamando a una novia para compartir una apasionada noche de sexo telefónico. Pero cuando recibió tres llamadas iguales en tan solo una semana supo que no era un error.

“Putita… te quiero para mí”, decía aquella voz tras el auricular. Su piel se erizaba cada vez que lo escuchaba susurrar… puta, te quiero para mí, para mí, puta, te quiero… Y de inmediato le colgaba.

Las llamadas continuaron. Pensó en descolgar el teléfono, luego en comunicarse con la policía o con la agencia de teléfonos para averiguar la procedencia de las llamadas. Pensó en una ocasión que lo mejor sería cambiar de número, pero al final de cada posible solución, decidió no hacer nada.

Siempre llegaba a casa pasadas las cinco de la tarde. Se quitaba el vestido, los zapatos y la ropa interior. Deambulaba desnuda por toda la casa mientras preparaba la cena y ordenaba algunas cosas. Sin importarle el frío, le gustaba fantasear que alguien la observaba. Imaginaba que vivía en un enorme edificio con monumentales ventanales por las cuales un desconocido se deleitaba observándola. Pero vivía en un pequeño departamento donde a cada instante debía llamar para que solucionaran los problemas con la calefacción.

Su baño era un rito completo; no tenía tina, así que habilitó el espacio con las comodidades necesarias para pasar ahí el mayor tiempo posible. No se miraba al espejo. Odiaba su reflejo, nunca le gustó mirarse ni con ropa, ni maquillada, menos desnuda. Simplemente evitaba mirarse. Luego de su ritual higiénico comía y se metía a la cama con su babydoll preferido. Todos los últimos viernes de cada mes se compraba uno. Sus preferidos eran los azules porque contrastaban con la palidez de su piel y la frialdad de su soledad. Y a las 9:45 p.m, el teléfono…

Después de un mes, yo no podía más que esperar a que el reloj diera tan ansiada hora. Una noche pensó que ya era tiempo de escuchar algo más que “puta, te quiero para mí”. El teléfono sonó justo a las 9:45. Tomó el auricular y respiró profundo. No sentía miedo, ya no. Experimentó un escalofrío y atendió:

-Putita, te quiero para mí…

Y luego el silencio… se mantuvo firme. Escuchó la respiración agitada de un hombre y exhaló.

-Ahh, ¡putita! te quedaste…

Supo que no había marcha atrás. Pensó en hablarle, en decirle algo, en contestar a sus cochinadas, pero se contuvo. “Cerdo” pensó, mientras él le describía intensas escenas de sexo, en las que ella era la protagonista. Luego de esa primera llamada de 25 minutos, tomó un baño y supo lo que tenía que hacer. Era muy probable que ella lo conociera y si era un perfecto desconocido, sería mucho más fácil.

Las siguientes noches lo mismo, después del baño, la cama y la mirada fija en el teléfono, como si fuera la última llamada. Una desesperación angustiante la embargaba. Pero al fin llegaba el sonido del timbre…

“Putita, ¿qué llevás puesto hoy? No me vas a hablar. Dime putita. Eres la mejor de todas. Yo sé que querés que te lleve a un lugar desconocido. ¿Estás dispuesta, ehh? Yo sé que sí. ¿Querés que vaya y te haga el amor? ¿Que me meta en tu cama para saborearte?, eres la mejor y lo sabes… jajajaja, me río de vos. Sos una nena todavía aunque parecés tan madurita, como una fruta. Dejame meter mi mano putita, dejame…”

Y su mente guiaba sus manos como imanes hacia la secreta humedad de sus ansias hasta llegar a la traición de su propia voz…

-Te dejo…

Sus intensos jadeos se ahogaron justo cuando oyó el otro teléfono colgar.

Se levantó de mal humor porque no pudo dormir ni un solo instante. Hacía frío, pero sabía que el técnico llegaría a eso de las 5:30 p.m a reparar la calefacción por cuarta vez en 2 meses. Fue un día muy largo. La cafetería llena todo el día, ni un solo descanso desde que empezó su turno. Cobró su trabajo y renunció. Pasó a la tienda y compró lo que necesitaría. Corrió al departamento, quería llegar antes que el técnico.

Al entrar supo que no había llegado. Su mal humor creció. El técnico apareció una hora después de lo esperado. Mientras él trabajaba ella se dio su ritual baño. Salió con su bata negra. Él estaba en la puerta esperando la paga. Ella abrió la cartera y le dio el dinero:

-No te tardes hoy… Él la miró sorprendido. Ella se quitó la bata y mostró su diminuto traje azul. El hombre la desnudó y contra la puerta le dijo al oído todas la obscenidades que ella le exigió mientras jadeante lo recibía hasta llegar al clímax. Las más bestiales palabras lograron desembocar el deseo acumulado. Dos meses de ansiada saciedad contenida estaban a punto de acabar.

-¿Soy tu putita?
-¡Eres mi putita!
-¿Me quieres toda para vos?
-Siii, te quiero toda para mí, te deseo desde la primera vez que vine…

Ya en el suelo se dio cuenta de que él era vulnerable… logró hipnotizarlo con un intenso masaje en su entrepierna y se incorporó como una diosa para atarlo de manos simulando un juego.

- ¡Bastardo!, dime putita ahora.

Y le dio un puntapié justo bajo el vientre. El hombre lanzó un grito de dolor.
- ¡Cállate!

Y aprovechó la flaqueza del pervertido para atarle los pies con la cinta que había comprado. Siguió desnuda y justo sobre él, vació de una bolsa el resto de cosas que había comprado antes de volver al departamento. Había un lapicero de tinta negra y una navaja. Lo miró con sorna y lo amordazó con más cinta.

-Ahora te voy a colmar de voces– le dijo.

Y con el lapicero llenó su cuerpo de palabras obscenas. Al cabo de un largo rato, repasó cada palabra con la navaja. El pervertido era fuerte, pero estaba inmovilizado… trató de defenderse, pero como estaba atado no pudo más que resistirse a la amenaza de una laceración más fuerte. -Así te quería ver… ¡caíste como la rata que sos!

El dolor era insoportable. El pervertido podía presentir su agónico desenlace. Al final de tantas palabras de sangre, ella pensó que lo justo era matarlo como lo había soñado... destazándolo como el cerdo que era mientras pronunciaba una a una las palabras soeces que le había escrito…

Luego de saciar su imaginación con sutiles cortes ocasionales sobre los muslos y el vientre, se incorporó lentamente y lo miró como perra agradecida. Lo llevó con dificultad hasta el baño y ahí abrió la ducha. Le lavó cada letra escrita en su piel mientras él se retorcía por el ardor. Se colocó a un lado de su cuerpo y penetró la navaja en la ingle… un borbollón de sangre explotó como volcán en erupción… Verlo convulsionar fue un placer. Al fin le demostró que no era una puta, que era más que eso, le demostró que para ella, cada llamada era algo más que la búsqueda de una excitación malsana, que era su inocente presa y como enorme oportunidad se le había presentado para ser aprovechada.

Pensó en mayores torturas, cortarle la planta de los pies, cortarle el pene impregnado con la sangre que aún salía copiosa de la ingle, o extraerle su sucia lengua. Pero se contuvo pues él estaba inmóvil. En lugar de eso, puso su rodilla derecha sobre el vientre hasta que ya no vio salir más sangre…

Miró el reloj, cinco para las nueve. Se dio una ducha junto al cadáver. Por fin pudo mirarse al espejo, detalló sus pupilas dilatadas y el temblor de sus manos. Luego, preparó la maleta. Se metió a la cama… miró el teléfono y sonrió somnolienta.

A las 9:45, un sonido la despertó…

-Putita, te quiero para mí.