domingo, abril 22, 2007

Y en Buenos Aires fuimos muy felices


Para Sorias, mi amigo.


Lo conocí en el aeropuerto. La escala fue en Perú. Me pareció un hombre dulce y sincero. Me gustaron sus manos. Eran muy blancas, suaves, un poco velludas…en realidad poco atractivas para mi gusto, pero las suyas me parecieron excitantemente diferentes.


Me invitó a una copa de vino. No puede negarme aún cuando jamás tomé vino. Dejé que eligiera. No sé nada de vinos pero ese me gustó, tenía un dulce amargo que me desinhibió al instante. Una sola copa y eso bastó. Sin darme cuenta nos estábamos besando.


Sí, fue magia. Eso sentí, una magia interna; un desborde de mí, una necesidad de él.


Nos despedimos esa misma noche. Yo continuaba mi viaje hacia Chile y él salía muy temprano para Buenos Aires. Pensé en cambiar mi destino, pero no haría eso por ningún hombre. Un año más tarde nos reencontramos en El Salvador. Yo visitaba a una amiga y él cubría una noticia internacional más.


Lo admiraba. Así era. Me gustaba verlo tan seguro, tan cabal, tan frío y despreocupado ante la cámara. Pero me parecía otra persona al verlo frente a mí: indefenso, nervioso, algo torpe, pero siempre decidido. Conversaba mucho. En San Salvador me propuso matrimonio. Me asusté. Mi libertad estaba siendo amenazada, pero ¿cómo resistirme a esos ojos? No pude. Nunca había cedido tan fácilmente a unos ojos. Ni siquiera esos ojos verdes de mi pasado pudieron romper tales barreras culturales, geográficas, ideológicas.


Era ateo y yo creía en Dios. Era ordenado y yo descuidada. Era vegetariano, yo comía carne de cerdo. Era deportista. Nunca fui a un gimnasio. Y así nos amamos, no importó nada más.


En mi país no pudimos vivir. La sociedad “recatada” y la falta de asideros culturales terminaron por exiliarnos. En Bueno Aires logramos la felicidad que ansiábamos. Sebastián se reía de mí. Yo me creía cosmopolita y él un simple periodista de cuarta en una ciudad que siempre fue suya y que nunca pudo ser mía, tan sólo porque ella no quiso.


No encajé. Pero sí que me divertí, aprendí y gocé. Parecía que al ir de compras o a un restaurante todos supieran que era centroamericana. Poco me importaba porque Sebastián me hacía sentir segura, me amaba tan profundamente que aún no creo que otra persona lo haya hecho tanto como él.


Nuestra vida era perfecta. Pero algo faltaba. Nuestros corazones se conocían lo suficiente como para saber que estábamos incompletos. No. No era un hijo. Los hijos me parecían ilusiones fugaces. Anhelos perdidos en mis ovarios desérticos. Por suerte, para él no era importante tenerlos.


Sebastián dejó el noticiero y se dedicó a trabajar para la prensa escrita. Le ofrecieron un editorial, pero lo rechazó. No buscaba protagonismo. Añoraba una vida tranquila, estabilidad y aquel deseo…


Nuestra primera víctima cayó fácilmente. Era una chica muy joven, casi una niña diría yo. La odié desde el principio. Sobre todo porque fui yo quien la sugirió como primera víctima. A él le encantó la idea. La odié más por eso. Sí, sentí celos. Era hermosa, con unas mejillas apretadas y rosadas como algodón de azúcar.


Estudiamos bien sus pasos. Teníamos tiempo. Yo llevaba meses sin trabajo y Sebastián escribía por las noches.


Ella era hija de un comerciante de la zona. Cuando la atrapamos llevaba su uniforme de colegio. Aquella faldita a cuadros, el abriguito sobre los hombros y las medias largas y excesivamente pulcras. Era una inocente. Y la odié más y más y más. Por eso fui la primera y bueno, porque Sebastián no pudo. Se quedó paralizado viéndola, no sé si en si mirada había temor o deseo. No quise averiguarlo. Así que le corté el cuello de inmediato. Fue fácil. Luego, Sebastián me hizo el amor. Parecía un loco. Y la odié más porque sentía que estaba pensando en ella. Maldita.


El apremio nos alcanzó y llegó la segunda. Era pobre. Una desprotegida que daba lástima. Deambulaba por las calles oscuras de la cuidad, sin rumbo. Vendiéndose por un poco de droga se le iba la vida y la dignidad. Era triste. Sí. Sebastián pensó que asesinarla fue lo mejor que pudimos hacer por ella. Y no la odié. Me sentía superior a ella. Siempre fui engreída, muy en el fondo lo era. Pero Sebastián no lo sabía. Él sólo veía lo bello en mí.


Y hubo una tercera. Iba a sus clases de confirma todos los viernes por la tarde. Me gustaba el viernes. Luego de analizarla, él y yo nos íbamos a un hotel cercano. Tomábamos vino, de ese que probamos la primera ver que nos vimos.


-No quiero matarla.

-¿Por qué no?

-Porque quiero que bebamos vino toda la vida- le decía.


Pero la asesinamos, igual que a las otras dos: la degollamos como a un cerdito indefenso y chillón. Tampoco la odié. Sebastián pensó bien las cosas y por eso no la llevamos al basurero. No. La dejamos fuera de la ciudad, cerca de Zárate.


Así continuamos por mucho tiempo. Asesinamos 10 chicas. Parecía un record. No parecían notarlas mucho en las noticias porque la mayoría eran mujeres sin importancia, indigentes o callejeras.


Yo pensé en un hombre. Pero Sebastián nunca quiso. Así que tuve que hacerlo yo sola. O al menos eso pensé. Flirtee con él en un pequeño restaurante. Muy cerca de casa. Ponía cualquier excusa para salir y me resultó fácil obtener lo que quería. Era un joven atractivo. Me dijo que estudiaba filosofía y letras. Usaba lentes y tenía unas manos poderosas. Pero no era como Sebastián. Era muy inocente y aunque manifestaba más seguridad en sus formas, no se comparaba con la varonil figura de mi esposo.


Jamás pensé en una traición. Sólo quería sentir el placer de asesinarlo. ¿Era tan difícil de entender? Lo cité en un hotel. Entró a la habitación y el estúpido cometió el primer error: tomó de la copa que le ofrecí. Cuando lo sentí somnoliento lo recosté en la cama. Y sí, lo admito, sentí tentación. Abrí su camisa y desabroché su cinturón. Pero nada más. Juro que no hice nada más. Sí, sí, quería saborear el deseo malsano del placer físico pero mi amor por Sebastián era más fuerte.


Mantuve la compostura. Subí mi incómoda falda y me coloqué sobre él. Justo antes de usar mi arma entró Sebastián. Estaba como un toro. Parecía haberse transformado en un monstruo. Al verme sobre el chico corrió hacia mí y me tomó del brazo. Traté de preguntarle cómo, cómo era que estaba ahí, cómo…pero me golpeó.


-Eres una hija de puta…

Traté de explicarle, traté de decirle…

-¡Traidora!


Pero no escuchaba, me golpeó muy fuerte. Quise liberarme pero no pude. El chico parecía verlo todo, pero estaba muy aturdido. Sebastián lo vio y vio el cuchillo que había dejado junto a él. Me lanzó contra la puerta. Al caer pude oír voces que se acercaban por la escalera. Cerré los ojos tan solo unos segundos y vi a Sebastián asesinándolo. Luego lo vi moverse hacia mí. Sentí mucho miedo. Y recordé a la primera chica. La odié más porque ahora me sentía como ella.


Me defendí y pedí auxilio. Pero las voces seguían lejanas. Forcejeamos y me cortó muy cerca del ombligo. Supliqué misericordia, pero Sebastián no me escuchaba. Se regía sólo por instinto. Me seguía cortando hasta que lo golpee. Por fin pude liberarme y le arrebaté el cuchillo. Le supliqué que se alejara, que me creyera, que me perdonara, pero en un instante apenas perceptible se abalanzó furioso contra mí y extendí la mano con el cuchillo. Al fin las voces llegaron, pero ya era demasiado tarde…


No pude asistir a su funeral. Lloré. Lloré mucho. Nadie nunca supo lo que hicimos. Nadie lo sabrá, excepto usted pero sólo porque no puede revelarlo. Y aunque no tenga perdón, debo suavizar esta tortura de no tener su dulzura y ni sus manos.


Ahora no me duelen más las heridas. Ahora me duelen sólo su ausencia y la maldita culpa. ¿Ya puedo morir?



11 comentarios:

Literófilo dijo...

Que sabrosa narración, me transporta, me conmueve, me gusta, me hace sentir, genial, te metés de buena forma en tus personajes, esos es bueno por que después de todo la literatura, o escribir, o el escritor es muchos actores en uno. Besos y me extraña tu mutismo, que raid...

xwoman dijo...

Gracias literófilo, no es mutismo, es brete! jajaja, ando que no doy del estrés, por eso me dedico a matar jovencitas en mis cuentos! jajajaj
Na, varas! Abrazooote

Cristian dijo...

Woooowww... que gran relato, no podía parar de leer... felicitaciones, tienes buen futuro en esto. Bendiciones.

Malasombra dijo...

Dicen que en la demencia esta el gusto. Un abrazo. Me encanto leerte.

RoCo dijo...

WOW!!! Chica no dejas de asombrarme!!! Excelente narración.. Felicidades

Amorexia dijo...

Sos hipertalentosa, la sangre fria y demente, la historia que te atrapa! vaya!! y ah... que hermosa colección de asesinos y muertos tenés vos! Excelente.

El Buhonero Venezolano dijo...

q rico es ser tu amigo... abrazos

xwoman dijo...

Y les juro que soy un pan de Dios!
jjijijijiji

;)
Gracias Amorexia y B. Venezolano, por sus lecturas y sus aportes!
Un beso

Aniuxa dijo...

Ojalá vayas donde esa tu amiga en El Salvador, a lo mejor es que no te toca matar o morir ;)

Hombre Azul dijo...

Era ateo y yo creía en Dios. Era ordenado y yo descuidada. Era vegetariano, yo comía carne de cerdo. Era deportista. Nunca fui a un gimnasio. Y así nos amamos, no importó nada más.

Ojalá no importara nada más siempre.

Me gustó este relato de una manera que no me pude despegar hasta que llegué al final... increible.

Xwoman cuando me das clases para escribir así?? se puede??

Desde un laberinto dijo...

Cada vez me gusta más tue estilo, me parece tan sombrío que asusta y eso me gusta. creo que hay mucho de buenos aires en ese texto, tanta oscuridad, tanta melancolía, tanta nostalgia, tanta perversión y tanta histeria.
Este texto parece el famoso cuchillo, llega hasta la garganta lentamente, sin que nos demos cuenta y nos quita la respiración.
Saludos